El café es maravilloso. Está rico, nos espabila por las mañanas, nos entretiene mientras leemos el periódico, nos proporciona estupendas sobremesas, es la disculpa perfecta para hacer un descanso a media tarde, y un sinfín de cosas más. Vale si, estoy enganchado al café. Pero su síndrome de abstinencia es un simple estado semisomnoliento y no es difícil dejarlo (dicen). Además es casi imposible la sobredosis. Incluso, según un estudio, sus antioxidantes previenen las enfermedades de corazón. Pero hoy, para chafarnos la droga perfecta, resulta que unos fulanos publican que el exceso de café (en fin, llaman exceso a más de cuatro cafés diarios. Ahora resulta que eso es excederse...) aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares si tienes un determinado gen. Pasa como con el colesterol y esas cosas, cada poco resulta que lo malo se vuleve bueno y lo bueno malo. Como el vino, la sal, el azúcar o la cerveza. Pero andarse metiendo con el café, eso ya son palabras mayores. A la santa cafeína no se le toca. Por ciero, esos rumores que sé que circulan por ahí de que el redbull y esas bebidas pseudoenergéticas tienen tanta cafeína como siete cafés es leyenda urbana. La cafeína la produce el café, el cacao, el té, el mate, las nueces de cola y el guaraná, y creo que no me dejo ninguno. Y el que más cafeína produce es el café, con diferencia. Por ahí hay tablas con contenidos de cafeína por bebidas y eso. Así que esa gente que se pone toda loca por que bebe tres redbulles que sepan que es su psique que los engaña. Viene siendo como un café bien cargadito. Una última cosa. No mezclar café con canabinoles. Hacerme caso.